Aunque el asunto del glifosato lleva estando candente desde marzo del 2015 (cuando la IARC de la Organización Mundial de la Salud lo clasificó como "probablemente carcinogénico para los seres humanos"), en el último mes el ritmo de acontecimientos respecto a este tema se ha vuelto frenético.

El Gobierno español mantiene una postura favorable a este tipo de cultivos, prohibidos en otros países europeos como Francia, Austria o Alemania. Ecologistas en Acción, Greenpeace, la Red de Semillas y la Plataforma Andalucía Libre de Transgénicos piden al Gobierno que rechace la introducción de nuevas variedades modificadas genéticamente en el campo español y se sume así a una mayoría de Estados europeos a la hora de eliminar las que ya están en cultivo.

Algunos agricultores, especialmente los que funcionan a escalas muy grandes, pueden verse atrapados en sistemas de cultivo que no les gustan, pero de los que no pueden salir: las grandes inversiones hacen que sus deudas crezcan, y el agotamiento de sus recursos les hace cada vez más dependientes de los insumos externos.

En los debates sobre el futuro de la alimentación es frecuente oir una cita de la FAO, según la cual necesitamos producir el doble de alimentos para el año 2050. Esta cifra suele esgrimirse como argumento indirecto que justifica sacrificar la calidad del suelo, nuestra biodiversidad o nuestra salud - negarse a ello sería condenar a morirse de hambre a toda esa gente que va a venir a cenar de aquí a treinta y tantos años. Sin embargo, ¿es eso realmente lo que ha dicho la FAO?

La semana pasada recibíamos la mala noticia de que la ECHA había decidido no clasificar el glifosato como carcinogénico, una opinión contraria a la emitida por la Agencia Internacio